Desde hace décadas se ha buscado un metal precioso de color blanco brillante que permita combinar con otros metales o gemas. Ésto es, principalmente, tanto por los destellos de la piedra preciosa al reflejarse en la superficie brillante del metal este los magnifica incrementando el tamaño aparente de aquella como por la gama cromática que se obtiene de él. Esta es la razón de que las grandes joyas de impresionantes brillos como los diamantes se suelen montar sobre metal blanco.
Sin duda, para conseguir este fin, el metal por ideal sería el platino, pero su alto precio, relativa escasez y dificultad de manufactura ha hecho que se buscaran otras alternativas. Se han realizado multitud de intentos desde hace años utilizando aleaciones de oro con cinc y níquel, plata o platino, con unas proporciones para que aquel pierda su característico color amarillo y tome el tan deseado tono blanco, cuyo aspecto depende de la proporción de cada uno.
La industria de metales preciosos de los últimos años, produce una aleación comercializada como oro blanco, cuyos componentes son oro amarillo y alguno de los del grupo platinoide (platino, paladio, utecio, rodio, osmio e iridio), normalmente paladio. Los componentes y proporciones exactas de la aleación suelen ser guardadas con muchísimo celo profesional por cada productor. Esta aleación, de nombre de porpezita, se encuentra espontáneamente en la naturaleza.

Así pues, el oro blanco no es un nuevo metal, sino una aleación de metales preciosos, de color blanco brillante y con la suficiente dureza y facilidad de trabajo para que sea muy utilizado en joyería en lugar del platino, sobre todo en el actual estado del arte, tanto para incrustar diamantes o cualquier otra piedra preciosa, como para combinar con oro de otros colores y crear alegres y bonitas combinaciones cromáticas.